Hoy me quedo con una sensación curiosa tras la clase de comunicación animal. No tanto por el contenido en sí —que mezcla experiencias, interpretaciones y modelos diversos— sino por algo que me parece más interesante: la forma en la que se construyen las explicaciones y qué ocurre cuando intentas ordenarlas desde la lógica.
En este tipo de formaciones se habla de conceptos como “velo”, “planos”, “energía” o “comunicación con animales fallecidos”. También se introducen ideas desde la neurociencia o la etología para dar soporte a determinadas prácticas («sin misticismos»). Y ahí es donde empieza mi reflexión.
Porque cuando mezclas marcos distintos —científico, simbólico, experiencial— sin delimitar o dibujar bien la lógica interna, aparecen las incoherencias… Y se tambalea lo que se construya encima.
🌿 El problema no es la experiencia, sino el marco
No cuestiono que las personas puedan tener experiencias significativas en este tipo de contextos. De hecho, gran parte del aprendizaje parece venir de la práctica y la observación.
El punto que me genera preguntas es otro:
cómo se explican esas experiencias después.
Por ejemplo, se afirma que existen categorías como “animal presa” asociadas a una mayor sensibilidad, pero al mismo tiempo esa categoría se reduce principalmente a herbívoros. Esto deja fuera casos evidentes en los que la vulnerabilidad no depende de la especie, sino del contexto: estado físico, entorno, edad o dinámica social.
Desde la biología del comportamiento (etología), lo que observamos en la naturaleza no son roles fijos, sino relaciones dinámicas. Un individuo puede ser depredador en un contexto y vulnerable en otro.
🧩 Cuando el contexto importa más que la etiqueta
Uno de los puntos que más me hace reflexionar es precisamente ese: la importancia del contexto.
No todos los animales encajan en categorías rígidas. Y lo mismo ocurre con los humanos. La sensibilidad, la percepción o la respuesta al entorno no parecen depender tanto de la especie o del rol, sino del individuo y de su estado en ese momento.
Esto me lleva a una idea más simple, pero quizá más coherente:
No se trata de quién es “presa” o “depredador”, sino de cómo se relaciona cada ser vivo con su entorno en cada situación.
La ética de la atención: ¿A quién estamos dejando fuera?
Si como comunicadores nos limitamos a validar la sensibilidad solo en aquellos que cumplen con un rol etológico de manual —como el del «herbívoro asustadizo»—, corremos un riesgo serio: la discriminación por omisión. ¿Dónde quedan entonces los animales que no tienen cabida en estas categorías rígidas? Pienso en el carnívoro con la salud comprometida, en el animal anciano o en aquel que, por su vulnerabilidad física, se convierte en «presa» de su propio grupo social (y al menos esos llegaron a viejos, pero un cachorro que nazca con una pata tocada o con algo interno que hace que el animalito sepa que no va al 100% como el resto de los suyos)
Estos individuos viven en un estado de alerta y sintonía fina por pura supervivencia, desarrollando una «antena» que no entiende de dietas, sino de necesidad. Si nuestra mirada está sesgada por etiquetas de «primera» y «segunda» clase, dejamos de ser puentes para convertirnos en jueces. Al final, si las comunicadoras discriminamos a los que más atención y escucha necesitan por no encajar en el molde, ¿qué tipo de conexión real estamos ofreciendo? La verdadera sensibilidad no es un privilegio de especie, es la respuesta universal de cualquier ser vivo ante la fragilidad.
🧠 Entre lo simbólico y lo explicativo
Otro punto interesante es el uso de conceptos como el “velo” o el “reset” tras la muerte. En este caso, la explicación mezcla elementos metafísicos con referencias a leyes universales o incluso lenguaje científico.
Y aquí surge la pregunta clave:
¿estamos ante una descripción de una experiencia subjetiva o ante un modelo explicativo del mundo?
Porque no es lo mismo narrar una vivencia que establecer un sistema con reglas generales. Y cuando no se diferencia claramente entre ambas cosas, es fácil que aparezcan contradicciones o conceptos difíciles de sostener de forma consistente.
🔍 El valor de las preguntas
Lo más interesante de todo esto no es llegar a una respuesta cerrada, sino lo contrario: permitirse hacer preguntas que desordenan el marco.
Preguntar por los límites de conceptos como “molestar al animal”, o por qué ciertos estados (como el sueño o la vulnerabilidad física) afectan a la comunicación, no es una forma de negar la experiencia, sino de intentar entenderla mejor.
Porque si algo es real o útil como modelo, debería poder sostener cierto nivel de coherencia interna cuando se analiza con detalle.
🌱 Cierre
Me quedo con una idea principal de todo esto:
No todas las preguntas buscan invalidar lo que se enseña. Algunas simplemente buscan entender hasta dónde llega el marco que se está utilizando.
Y quizá lo más interesante de cualquier proceso de aprendizaje no sea aceptar un sistema tal cual se presenta, sino atreverse a observar dónde encaja… y dónde empieza a hacer aguas.
